elcamaleonesceptico

Anos50

Nostalgia del tiempo


 

La vida es extraña. Las maletas van cargándose de trapos que se pasan de moda rápidamente. Los recuerdos llenan los laterales y el blanco y negro se difumina entre postales de sitios que jamás has visto y promesas que se escapan de un tintero de dolor y añoranza. No es tiempo de volver porque cualquier tiempo pasado no fue mejor. Es un engaño relativista. 1957 significió la apertura necesaria y crítica de un régimen dictatorial que tamizaba con el dolor de la guerra y el hambre de todos además de la incapacidad económica y social de regenerar un país que volvió a perder la senda de su Historia. Atraso y marginación europeas. Autarquía y desarrollismo posterior. Guerra de Ifni-Sáhara. Revueltas universitarias de niños de buena familia. Irrupción de la llamada tecnocracia como adelanto del fin de la dictadura que salvo a España de la República, Monarquía y de tantas otras cosas más. Televisión española, la voz de su amo, iluminando con bailes regionales sus primeras emisiones. Luego, Veinticinco años de paz y todo por hacer. Libertad, sueño entre sábanas blanca y quietud de las horas donde no se hacía nada. Parecía que el tiempo caminaba despacio, recién salido de un coma, sedado y complaciente con la verdad oficial. Formas de vida castrenses de mesa de camilla y plumier en bancos de madera grabados con el nombre de represaliados y tímidos amores del momento. Sonidos de iglesia, colecta para las misiones en cabezas de negritos y chinitas; conversaciones veladas sin perder de vista la vida que se desparramaba de entre los visillos de minaretes de santidad. No es una reseña histórica sino la vida sencilla y terriblemente cotidiana que vivimos los ya mayores. Jode un poco decirlo, soy mayor. Es momento de reconocerlo. Hijos del tiempo. Años 50, 60 y 70. Queda en la memoria casi todas las imágenes que podéis contemplar en esta presentación tan eficiente como triste, tan añorada como perturbadora. Han quedado muchas imágenes más en la retina y en la corazón. Si los sentidos nos traicionan; las emociones y la memoria lo hacen de forma impune, despidada.
Los que tuvieron una infancia en los años 50; los que la tuvimos delante de una televisión en blanco y negro durante los años 60 y 70, sobrevivimos. ¿Sobrevivir a qué..? A fin de cuentas... crecimos de forma salvaje pero dentro de un orden, parecíase que no le importábamos a nuestros padres. Sucios, andrajosos, llenor de moratones y cortes, comiendo cualquier cosa incluidos cartones, cueros y cuaquier cosa que habitaba en el suelo. Los automóviles con protecciones de hierro a manera de cuchillas y habitáculo de skay no conocían los cinturones de seguridad, apoyacabezas… ¡ni airbags! Es más, a nadie se le había ocurrido la utilidad de los asientos para menores. Te protegía únicamente del amigo conductor un San Cristóbal al uso y un "no corras papá" en terciopelo y las fotografías en medallones de toda la família. Con el tiempo, se ponían amarillas y parecían más bien identificaciones de lápidas.  


En ese espacio diminuto, microcosmos de calor y cortinillas cerrando la luneta nos movíamos libremente, sueltos en el asiento trasero y en plena juerga. ¡Y eso no era peligroso!
En casa, las literas que superponían las familias numerosas de entonces, carecían de protecciones anti-caída, y con su escalera, jugábamos a los bomberos. Los juguetes. Pocos y con imaginación, madera y latón, algo de plástico a partir de los años 70. El fuerte Comansi, coches y retroexcavadoras, escopetas de bolas y animales de diana. Juguetes pobres envueltos en cajas de cartón llenas de fantasía. Juguetes, con piezas que arañaban, cortaban y se soltaban, pintados con unas tintas “dudosas” que nunca resultaban tóxicas, más bien todo lo contrario, de agradable sabor y atractivos colores.
En casa no había cerrojos de seguridad ni barandillas en las escaleras. Protectores en los enchufes ¿? ni puertas metálicas en las cristaleras o ventanas superiores. El botiquín, ¿qué es un botiquín..? pastillas en bolsas en la mesa o en el frutero para recordar la dosis; detergentes para jugar y productos químicos domésticos junto a la colada.




La gente caminaba a pie, montaba en bicicleta por caminos polvorientos o empedrados. De aquí para acá sin apenas coches o normas de circulación tan "eficaces" como las de ahora; los frenos de la bici, modelo Orbea o las primeras y fuera de nuestro alcance BH eran de varilla, no llevábamos casco, guantes, canilleras o coderas… esto era una mariconada, de “nenas”.




Bebíamos agua de filtro de cerámica, del caño de fuente pública, de manguera o de un grifo cualquiera, y no aguas minerales en botellas “esterilizadas”. Teníamos en la comisura de los labios boqueras resultado de cualquier infección bacteriana. Seguro que más de uno recordáis la dichosa pupa.
Los más antiguos, la generación anterior construía patines y aquellos famosos carritos de rodamientos, aros y pelotas cosidas a mano y, quienes tenían la suerte de vivir cerca de una bajada asfaltada, podían intentar batir récords de velocidad y hasta verificar, en medio del recorrido, que habían gastado la suela de los zapatos, que eran usados como frenos… y estaban descalzos… Después de algunos accidentes, ninguno de gravedad… ¡Todos los problemas estaban resueltos!
Íbamos a jugar a la calle o al solar del barrio con una sola condición: volver a casa antes del anochecer. Los jñuegos de moda eran las guerras contra los vecinos de la calle de al lado, polícias y ladrones, partidillos de fútbol, la rayuela, el puño y vaina y tantos más como imaginación hubiese en ese momento. Los golpes y arañazos se solucionaban sobre la marcha, así como las peleas particulares o en equipo. No había móviles… claro, que tampoco pelotas para el juego. ¡Y nuestros padres no sabían dónde estábamos! ¡Era increíble!




Teníamos clases mañana y tarde todo el curso, incluso los sábados cuando el cura con sotana de la parroquia se empeñaba en ponernos una película de misioneros o mártires en olor de santidad. Luego, íbamos a almorzar a casa, a veces con media hora de camino en cada uno de los cuatro trayectos diarios.




Brazos enyesados, dientes partidos, polos rasgados, cabeza pelada… ¿piojos o moda del momento? ¿Alguien se quejaba de eso? ¡Gajes de oficio! De los accidentes, todos tenían razón, menos nosotros…
Comíamos dulces a voluntad, caramelos de barra, pipas saladas y barquillos de canela, onzas de chocolate puro, pan con manteca y azúcar, bebidas gaseosas en envases de vidrio. No se hablaba de obesidad (existía, aunque poco), jugábamos siempre en la calle y éramos super activos. Compartíamos con nuestros amigos cualquier bebida incontrolada, comprada en el quiosco de la esquina, y nunca nadie murió por eso… ¿Adicciones? Sólo a las pipas de girasol, nadie tuvo apendicitis por atracarse con ellas.




¡Por supuesto! Nada de Playstations, nintendo 64, juegos de vídeo, Internet por satélite, video cassetes y DVD, dobly sourround, móvil con cámara, ordenador, chat en Internet… Sólo amigos.




A pie o en bicicleta, íbamos a casa de nuestros amigos, así viviesen a kilómetros de nuestra casa, entrábamos sin llamar a la puerta e íbamos a jugar. Esto con once años y, si vivía cerca, ya a los ocho.

¡Verdad! Allá fuera, ¡en ese mundo inseguro! ¿Cómo era posible? Jugábamos a fútbol en la calle, con portería de dos piedras, pelota de trapo y sorteando los vehículos… nadie quedaba frustrado y no era el ¡“FIN DEL MUNDO”!
En la escuela había buenos y malos estudiantes. Unos pasaban curso y otros repetían. Nadie iba por eso a un psicólogo o a un psicoterapeuta, si acaso, una hora de profesor particular en casa,. No había superdotados, ni se hablaba de dislexia, problemas de concentración, hiperactividad. Quien no pasaba, simplemente repetía año y lo intentaba de nuevo al año siguiente.
Nuestras fiestas estaban animadas con tocadiscos, deslizando sus agujas sobre discos de vinilo, había bastante luz y una refrescante sangría, a base de tintorro.
Teníamos: libertad, fracasos, éxitos y sobre todo deberes. ¡Y… aprendimos a lidiar con cada uno de ellos!
La pregunta que puede hacerse es: ¿Cómo la gente consiguió sobrevivir? Encima de todo esto, ¿cómo conseguimos desarrollar nuestra personalidad? Pues lo hicimos, y parece que, a fin de cuentas, ninguno de nosotros ha salido demasiado raro.

¿Eres, también, de esta generación?

Sin duda, algunos dirían:  ¡Qué aburrido! Pero, caramba… ¡¡¡Qué felices éramos!!!

 
 
 

 

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