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http://www.iconspedia.com/uploads/20814621591196841395.pngImágenes: "Desde Pequeño hasta ahora"


T
ítulo: E
l camaleón tiene una historia que contar”



Mi última fotografía en mi poder y en blanco y negro. Creo recordar el año. 1974. Lugar: la Feria de Almería. Tiempos de convulsiones políticas y sociales que harían temblar la ya arruinada dictadura. Crisis energética  de 1973. El paro, lacra social que hoy volvermos a padecer de manera inusitada empezaba a ser un problema de orden público y humano. Afortunademante el final del régimen cuartelero y represivo estaba cerca existiendo una lógica preocupación en los hogares por un futuro incierto. Nosotros vivíamos ajenos a todo ello. Al menos, de momento. 1973 es ese punto de inflexión con la muerte a finales de año del almirante Carrero Blanco en atentado terrorista. Un año después el dictador empezaría su propio calvario con el agravamiento de su cuadro clínico. La ETA recrudecería nuevamente su acción militar, su ola de terrorismo en cadena explosionando una bomba en la calle Correo. Mientras, la nomenclatura de la dictadura se blindaba junto a Blas Piñar y Girón de Velasco en lo que se denominaría el Bunker... Aquí en la diapositiva con mi primo César. Vivía en Madrid así que para el susodicho, todos nosotros éramos unos catetos. Ellos unos finolis, hijos de inmigrantes del terruño, al fin y al cabo en la diáspora migratoria hacia el centro y periferia industrial. Un buen gañán... que bajaba en verano y se tostaba en las playas aún vírgenes  de Almería. Su padre, Paco el de Madrid, era todo un personaje; dinamizó el Cabo de Gata cuando solamente era una aldea de pescadores. Su persona rezumaba un fuerte magnetismo, al menos para mí. Apenas comía, fumador de puros y bebedor de ginebra, de gesto nervioso y ojos vivos deseosos de salir de sus órbitas que te taladraban a la menor ocasión. Era chófer y mecánico en el antiguo Ministerio del Ejército. Nos decía que venía exclusivamente de Madrid para comerse un sabroso pimentón con boquerones  que le hacía mi madre. Es posible que dijese la verdad a pesar de que era adicto al Síndrome de Münchhausen en lo fantasioso, claro. Feria de Almería, lo más grande de una ciudad  triste, fea y sucia. El hollín del cargadero de mineral, óxido de hierro de las vagonetas del ferrocarril impregnaba la ciudad de un halo rojizo en sus fachadas desconchadas. El barrio de Ciudad Jardín y el Zapillo eran sus víctimas predilectas. Además, la celulosa en el perímetro que incluía los depósitos de la CAMPSA y la panificadora donde trabajaba mi padre; zona baja de la Avenida del Mediterráneo actual y que queda por debajo del puente viario y soporte del tráfico hacia su ampliación a la playa y auditorio, vega de entonces, apestaba con su aroma nauseabundo todo el núcleo urbano incluyendo los antiguos campos de cultivo que todavía se resistían a morir. No había durante el año excesivos lujos ni eventos lúdicos dignos de recordar excepto las sesiones dobles de cine de “barrio” con el estreno de una película del momento y otra muy mala de karate, género que se pondría de moda en los años 70, comedieta española infumable aunque las del destape no tanto, o viejas, muy viejas y aburridas; el carrusel deportivo que seguía desde el ventanuco que separaba mi habitación de la de mis padres y no por el fútbol, que no me gusta excesivamente, sino por su comentarista; José María García y sus célebres frases como "Ojo al dato", "Abrazafarolas", "Catamañanas" entre otras,  y los paseos por el Puerto de Almería hasta el espigón y vuelta a casa por la calle Real, Plaza Vieja, Antonio Vico, Cádiz, Gran Capitán, Regocijos, Versalles y fin de trayecto. Algunas veces repostábamos mi padre y yo, y después con mis hermanos una clara de cerveza y pescaito frito, chipirones y chanquete, mis preferidas, en el bar la Barraquilla en pleno puerto pesquero, hoy desaparecido al igual que el Trajano, Tiburón, Los Claveles, Rincón de Juan Pedro, Los Pinchitos en la Plaza de Toros y cerca de casa al igual que el diminuto bar de Leopoldo  y tantos otros... La caída de la tarde se acompañaba con la bolsa de garrapiñadas, cacahuetes tostados con cáscara o de pipas calientes comprada en el kiosko del Paseo o en cualquier de las innumerables tiendecillas apostadas en los cruces de las calles y avenidas principales. Podía también caer un enorme chinito artesanal y no industrial como los de ahora, un pastel de plátano o gato de la pastelería de la Colmena, la Campana, 11 de Septiembre, La Dulce Alianza... y porqué no, la ansiada merienda que te preparaba tu madre en casa de pan con matenca y azúcar, crema de cacao o galletas trituradas y ahogada en un tazón de leche. Todo en domingo, claro. La Feria era esperada con ansiedad. Cochecicos de choque, el pulpo, la noria, a pesar de que tengo un vértigo terrible, churros y chocolate caliente, barraca de tiro y los fuegos artificiales de siempre junto al toro de fuego que ya no existe. Eran también esos días, finales de agosto, canícula, baños en el Cable Inglés y su playa, llamada de "villacacas" por los del barrio y por extensión en toda Almería, Tritones y Zapillo con las tuberías de agua caliente de la Térmica vomitando el agua que refrigeraba sus turbinas. Baños calientes, jacuzzi populachero de entonces y también espectáculo. Fue un tiempo de grandes eventos feriales. Durante muchos años mi padre y yo iríamos a la Charlotada; especie de parada de monstruos donde nos reíamos de los payasos, enanos toreros y la parte seria, aprendices de torero sin salida toreando a vaquillas famélicas. Además estaba el circo. Esa gran apuesta popular y tragicómica de la triste y cutre España franquista. Cualquier solar de la capital era tomando por una carpa que crecía hacia el cielo. Malabaristas, tragasables, sagas de payasos como los hermanos Tonetti o el payaso Popof, trapecistas, director de pista vestido con frac de vivos colores, magos, fieras adormiladas y tristes en jaulas malolientes... Fantasía y sueños. Ilusionismo que queda siempre en tu subconsciente, acervo común de todos los almerienses.



     Es la primera fotografía y en color que conservo de los últimos años de colegio. Estamos en los inicios de la Transición Española con una democracia muy débil y recién estrenada. Octavo de E.G.B. Viaje de estudios. 1977. Era la segunda vez que salía fuera de mi casa. La primera fue a Madrid a casa de mi primo César, ver diapositiva anterior. No fue que digamos una buena experiencia porque apenas conocí la capital, viviendo en una minúscula casa de sindicato y en Vallecas durante unos quince días. Éramos tan retrasados y paletos que me sorprendió enormemente una visita, creo que la única fuera del barrio, a Barajas, templo de la modernidad madrileña. Me subí entonces, por primera vez en unas escaleras mecánicas; el estupor fue enorme, no me atrevía a bajarlas, casi me caigo provocando risas y comentarios de mi "familia" y viajeros de la única terminal de entonces. Echaba muchísimo de menos a mis padres y hermanos. Lo único que hice fue aprender, mejor dicho intentar ya que no lo conseguí, a fumar. (Me alegro de ello porque jamás volví a probar esa inutilidad ahorrándome en el futuro muchísimo dinero y mis pulmones agradecidos a día de hoy) Recuerdo también ir a una boda de postín, posiblemente un militar del Ministerio, ya que llevaban traje de "bonito", osea, de gala y sables en mano. Probé en esa celebración una de las cosas más raras que he comido en mi vida; sopa de tortuga. Desde entonces no me gustan los sabores nuevos, ni innovo ni iré jamás a El Bullit. Hasta hace muy poco tiempo comía muy mal, no cuidaba la dieta ni tenía mesura con las cantidades o calidades. Sin embargo, la edad pasa factura; adiós a la comida basura, la ansiedad y los atracones. "Mens Sana in Corpore Sano" (Juvenal) No por ello dejo de ser feliz. Viaje de Estudios. Uno de los recorridos de entonces te llevaba a Cataluña y después a Madrid vía Zaragoza. El momento más impactante fue descubir el Monasterio de El Escorial, demasiado grande para un niño que lo único enorme en su vida era la extensión del mar. Un año interesante, buen alumno, hasta ese momento exceptuando las matemáticas que jamás me gustaron o entendí. Poco callejero, siempre he sido muy casero; a veces me escodía debajo de la cama con mis muñecos y libros que disponía en barricada para no salir a la calle cuando venían otros niños a mi casa. Seguía trabajando los fines de semana en la panadería de mi abuelo, casi todos los sábados, recibía un duro de paga que solía gastar en algún fascículo de los distintos coleccionables de la época o la compra de una botella de la Casera para el almuerzo de ese día, todo un acontecimiento. La Navidad encierra los mejores recuerdos de esos momentos; epicentro culinario, emociones y añoranzas; reparto de pan y roscas de aceite, aguinaldo y chocolate a todas horas. El resto del tiempo entre libros, lecturas, dibujos en las enormes hojas caídas de los almanaques y algunas amistades de juego. Aquí con Molero,  el primer amigo que se puede considerar así. Nunca he sido de pandillas más bien pocos amigos con los que desarrollé sin embargo, una gran amistad y que, el tiempo, fue marchitando. Me encantaba jugar con lo que fuera, soldaditos de los montaplex o los muñecos geyperman o madelman de entonces; en su casa montábamos fuertes de indios y vaqueros, batallas que a veces terminaban en verdaderos incendios ya que quemábamos algunos soldados; los que perdían, se achicharraban, claro. Coleccionar cromos, mi gran pasión como ya os dije en una página anterior y que ahora he retomado a un precio exorbitado; he de decir. Manías de coleccionista. Leer, siempre leer hasta dejarme la vista. Las obras completas de Julio Verne por ejemplo. Estas memorias han servido para recordar que una de sus obras, Viaje al Centro de la Tierra, fue inspiración para los primeros folios escritos por mí. Un relato nacido en un mundo desconocido habitando por dinosaurios surgidos de mi albúm de cromos "Hace Millones de Años". No lo conservo. Una pena. Parezco ya el abuelo cebolleta y sus historia repetitivas y para no dormir. Bueno, de lo único que no me daba cuenta es que crecía;  querías salir de tu propio cuerpo a toda costa, empezar a afeitarte y ser mayor, desatar ligaduras y empezar tu propia vida. Viajabas a mundos lejanos como los de La Guerra de las Galaxias, película revelación de ese año o el cuerpo empezaba a moverse buscando la pubertad y la diversión de los mayores; las grandes discotecas que crecían el el extrarradio de la ciudad con tres pistas y bebidas alcohólicas, tabú de cualquier niño, eso si. Grease fue la sensación del año. Ante lo fue Fiebre del Sábado Noche. Todos llevaríamos un Travolta con peine en el bolsillo  y bola de espejo de discoteca  en el corazón desde entonces. Sí, la época de niño pasaba, no eras consciente de ello, eras joven y el tiempo no se traducía en erosión ni añoranza. Todo era nuevo. El instituto estaba cerca y un nuevo mundo estaba por descubrir. Esa es otra historia. Quiero hablaros ahora de mi hermana, la de las coletas  que cierra esta página. Días de colegio; el mismo que os relato en las diapostivas anteriores. Colegio San Francisco situado en la Rambla Alfareros de Almería. Eloísa hizo su Primera Comunión como todos nosotros en la Iglesia contigua al colegio y de la que ya os he hablado con todo lujo de detalles. Seguimos en 1977. La verdad es que no tenía demasiado tiempo en esos momentos para estar con ella. Lo siento. Recuerdo que era algo callada, reservada; apenas hablábamos de cosas que a mí me importaban y ahora, seguramente he olvidado. No entraba ni salía demasiado de casa, relacionándose sobre todo con nuestras primas maternas. Vivía en una especie de exilio interior creando un mundo secreto a su imagen y semejanza. Me dice que su infancia al igual que su juventud fue como un cosquilleo de mariposas en el estómago. Se encontraba feliz consigo misma y con los que la rodeaban. Sus amigas, María de las Nieves y Violeta o como nuestra tía Encarna e hijas. Recuerda todavía a la edad de trece años un asalto a navaja que padeció cerca de casa. Estas cosas no se olvidan y crean temor y rechazo. Más agradable fue la anécdota de su pinitos en peluquería cuando cortó los bigotes a uno de los tantos gatos callejeros que tuvimos, además de perros, pájaros y otros animales raros. Estudiaría en el colegio "Los Millares" donde no tuvo problemas académicos terminando la E.G.B. con Notable. Después estudió en mi instituto del que os hablaré ya mismo. Allí curso hasta 2º de B.U.P. donde se estancaría y emprendería un nuevo rumbo a su vida. Hizo entonces Auxliar Administrativo y un montón de cursos más. A finales de la década de los 80 la mera causalidad del destino hizo que su vida cambiara. Mi hermano Paco, pinche de cocina en el restaurante Ánfora, cobró su primera nómina. Llegó la motillo y un accidente donde su pierna se rompió como una sopera de porcelana. Mi hermana lo sustituiría sin apenas experiencia en esta labor. Sus sueños se sellarían detrás de aquellas enormes puertas con ojos de buey entre rondones, marmitas, plaguets, trincheros, comandas y una excelente mise en place dirigido por el Jefe de Cocina, Juan, enamorado de sus platos y que compartiría ese sentimiento con Eloísa; emoción recíproca que les ha llevado ya al más de veinte maravillosos años. Quedan para el recuerdo la Terrina de Mariscos, Lenguado Mare Nostrum o Sorbete de Chumbo aderezado con Hierbabuena. Estos platos y el esfuerzo de Juan y su equipo merecieron una Estrella Michelín en 1989. Finalmente, en el año 2008 terminaría sus estudios de Técnico Superior de Restauración en la Escuela de Hostelería y hoy, sigue estudiando, Escuela de Idiomas y cualquier cosa que merece su curiosidad. Lectora empedernida aunque no de la literatura de su hermano, y mejor madre. Saludo a Juan, ese luchador de antes y de ahora y paciente marido, es broma; a mis sobrinas Patricia, Lucía y María del Carmen. Gracias por todo, Eli.

 

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